Estoy
enamorada.
Eso es lo máximo que se decir de mí ahora. Justo son las 3:00 de la
madrugada y yo solo pienso en ti. Eres mi musa. Mi inspiración. Mi causa de
risa y de llanto. Mi motivo para ser feliz.
Me
gustas. Me gustas toda tú. Con ese pelo lacio -de ese confuso color que queda
entre el rubio oscuro y el castaño claro- que luces siempre sin recoger, que
resiste a despeinarse con el viento y siempre se quedan perfecto. Luego vienen esos ojazos marrones, tan
expresivos, que siempre abres al verme y brillan cuando me susurras palabras de
amor… Sigue tu naricita que me gusta tanto, para esos besos de esquimal tan
dulces, tan graciosos, tan románticos, tan nuestros. Tu boca, que nunca de
hablar de miles de cosas curiosas, interesantes o vánales pero que, al salir de
ti, se vuelven maravillosas. Y esos labios…Tan carnosos y besables… Me acerco a
ti y nos abrazamos. Me fundo en ellos. ¡Soy tan feliz!
Nos
separamos ligeramente, dejando nuestros rostros a una distancia prudencial para poder evitar la tentación de
rozarnos los labios y así poder mirar a
la otra atentamente, captando su esencia más pura.
“Me matas. Eres espectacular. Supongo que el
nivel de felicidad de mi cuerpo en estos
momentos me ciega y no me deja ser objetiva. Me da igual. El amor es
irracional. Aunque contigo todo parece tan sensato…Me siento bien a tu lado.
Estoy segura. Sé lo que quiero y me atrevo a arriesgarme porque sé que si caigo
tú me tenderás la mano para ayudarme a levantar. Que me curarás las heridas y
que me ofrecerás tu hombro cuando sean tiempos de llorar. Y sé que sabes que yo
te correspondo. Hoy y desde el primer día que te conocí supe que íbamos a ser
diferentes. Que tú y yo encajábamos de una forma especial. Que tú eras mi
diferencia.”
Me he quedado alrededor de quince minutos mirándote
fijamente, perdida en tu rostro, pensando eso. Y de repente te separas de mí y
me tomas de la mano. Adelantas unos pasos y te sientas en un punto de la
subida. Te tumbas y yo apoyo mi cabeza en tu vientre. Me acaricias el pelo, sin
soltarme la mano y yo voy jugando con mis dedos enlazándolos con los tuyos.
Tienes
unas manos de muñeca, suaves, blancas y perfectas pero te muerdes las uñas. Aun
así me parecen preciosas. Lentamente nos relajamos y me dejo acoger por un
sueño ligero, que me invita a cerrar los ojos y dejarme llevar, de tu mano, a
un lugar maravilloso. Decido girarme y tomar la posición fetal a tu lado. Tú me
imitas y me rodeas con los brazos por la espalda. Me siento protegida. Me
siento enamorada. Me siento feliz. Te quiero.





